—Hogaño está más lejos—había dicho suspirante la moza, mirando cómo la gracia apetecida resbalaba por el suave declive de la mies, en murmullo remoto...

Ya el tío Cristóbal podía «colocar» aquella urgente pregunta que le palpitaba en los ojos. Habíase parado al borde de los centenos, erguida la vejez codiciosa sobre el verde tapiz de los tallos, apoyándose con fuerza en el bastón.

Supo el viejo, la víspera, que un galán «señorito» acompañaba, como en las ciudades, a la prometida de Antonio Salvadores, del rico a quien él temía casado con Mariflor, pero a quien nunca supuso capaz de favorecer a la familia con desinteresados fines.

De realizarse pronto la anunciada boda, pudiera suceder que al fincarse en Valdecruces los novios, levantaran para sí el empeñado patrimonio de la abuela. Entonces, ¡adiós casa, «bagos», yuntas y «cortina» en la sombra perseguidos!

Mas, si por lo contrario, la zagala contrajese nupcias con aquel fino caballero, él se la llevaría fuera del país; y, donde, con una sola excepción, todos los vecinos necesitaban limosna, ninguna otra mano se podía tender hacia la sitiada hacienda.

No había que pensar en que la defendiesen Isidoro ni Martín Salvadores, que, a pesar de sus buenas aptitudes para el comercio, naufragaban también en el maleficio lanzado por la tía Gertrudis sobre la casa del abuelo Juan.

Desvelada con estas consideraciones, la astucia del tío Cristóbal se dejó sorprender por la impaciencia, y quiso averiguar a todo trance lo que de cierto hubiese en la general suposición del forastero prendado de la niña. Ya iba a preguntar rotundamente:—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—cuando se presentó orillando la mies, a buen paso y con la azada al hombro, la propia tía Dolores.

Saludáronse los dos primos con un leve murmullo estupefacto. ¿Qué hace aquí la sombra de este carcamal?, se dijo la vieja, memorando con pálida lucidez las celadas rastreras de su pariente.

Saltó luego a la zanja con más agilidad de la que hubiera podido suponerse, y escudriñó de soslayo la esquiva catadura del hombre, crecido desde allí como un gigante, negro y rojo, igual que una tragedia, sobre la glauca alegría del centeno.

—¿A qué viene?—preguntaron con acritud dentro del cauce.