Ahora zumba el usurero, como un cínife, en torno a la parcela de regadío donde Olalla y Ramona abren el cauce regador.
Hipan aspadas las dos mujeres sin resuello ni alivio en la pesadumbre del trabajo, metidas hasta la cintura en la rota, represando y corriendo el anhelado camino para el agua.
—Dios os ayude—dice la trémula voz del tío Cristóbal desde el hoyo profundo de sus labios.
Ramona sigue trabajando sin responder, y Olalla pronuncia tímidamente:
—Bien venido.
Un golpe de tos atraganta al viejo, y su melena goda se agita en la inclinada cerviz, como blanco cendal batido por la tormenta sobre un árbol caduco.
Alguna cosa impaciente querían decir aquellos labios contraídos en espantable mueca, en tanto que los ojos, fijos y voraces, escrutaban a las trabajadoras con ansiedad: sin duda el tío Cristóbal pretendía enterarse de noticias urgentes antes de acabar de toser.
Mirábale de reojo la doncella, alarmada y expectante, y Ramona le volvía la espalda con obstinado tesón, cada vez más hundida en la rotura, buscando afanosamente el rumbo del arroyo.
El año anterior no necesitaron las de Salvadores regar sus panes, porque había llovido en la primavera. Y ahora parecía que la antigua vecindad del agua huyese como una desconocida a la solicitud de los audaces brazos femeninos.