Eran tan placenteras las señales del cielo, que la sequía se convirtió en seguro peligro para la escasa mies de Valdecruces, y bajo la férula del tío Cristóbal celebróse con toda exactitud el turno de regar, aprovechando el agua de los fugitivos arroyos.
Según había temido Olalla Salvadores, llegó para sus «bagos» la vez en el riego sin que la familia tuviese con qué buscar obreras; y al amanecer aquella mañana, Ramona y su hija mayor, silenciosas y diligentes, salieron hacia los centenales con los aperos necesarios para «apresar y correr el agua».
Del mermadísimo patrimonio de la tía Dolores no quedaban a la sazón más tierras de regadío que las dos hazas de mies adonde las mujeres se dirigían; y ya estas únicas parcelas estaban hipotecadas al tío Cristóbal, que nada quiso dar sobre el terreno de secano, las «hanegadas» de Abranadillo y Ñanazales, tendidas al otro lado del pueblo, y menesterosas de continuas huelgas por su mucha ruindad.
Precisamente el viejo acaudalado de Valdecruces poseía tierras asurcanas de las que iban a regarse, y se mostró aquel año muy solícito para beneficiar las de sus infelices vecinas, gozándose en la ambiciosa certeza de unir pronto los diferentes lotes en una sola finca envidiable, señora de la mies.
No se durmió el anciano aquella mañana, y apenas calentaba el sol cuando se aparecía entre los rústicos centenos la imponente figura de un hombre alto y rojo, curtido y vacilante, con ancho sombrero de cordón y borlitas, bragas de estameña, polainas de pardillo, y almilla muy atacada sobre un chaleco de color; calzaba galochas y apoyábase en un cayado patriarcal. En su rostro, enjuto y boquisumido, asomábanse unos ojuelos grises, cargados de cejas blancas, turbios y persistentes, con tenacidad interrogadora.
A este maragato, rico en relación a la pobreza del país, le respetaban por el dinero y la autoridad, pero su avaricia inextinguible le hacía también odioso y temido. A pesar de sus noventa y seis años, manteníase terco y duro como un roble, y su presencia inspiraba en todas partes cierta inquietud mezclada de repulsión.
Un solo hijo, ya viejo, le quedó al tío Cristóbal en la hora de la viudez; pero este único descendiente, cargado de familia, hubo de buscar el sustento en tráficos humildes fuera de Valdecruces, pues todo lo que hizo el codicioso quintañón por la necesitada prole, fué llevarse a una de las nietas para que le sirviese de criada. Y Facunda Paz, la moza recogida por el abuelo, no lució nunca en el baile un rostro complacido, ni un «rodo», mandil o sayo tan donoso como el de sus vecinas o el de sus mismas hermanas, aunque las prendas de los antiguos ajuares, mantelos y corpiños, rasos y cúbicas de la abuela se apolillaban en el fondo de los cerrados cofres. Había trabajado el tío Cristóbal en Madrid algunos lustros, mercader y agiotista en miserable escala, establecido allá por los andurriales de la Puerta de Toledo. Casó, ya hombre maduro, con moza acomodada de su país, y se trasladó a la aldea sin abandonar los trapicheos mercaderiles; así fué explotando en oscuros negocios la necesidad tirana del pobre vecindario, sin compasión de la propia familia, como en el caso de la tía Dolores, de quien era pariente.
No amaba este avaro la tierra como las mujeres de Maragatería, con ese amor recio y generoso que da la sal del llanto y del sudor para abono del surco en los terrones. Amaba el dominio y la riqueza con mezquinos alcances, dentro de una pasión raquítica y sin alas.
Más duro de corazón y de mollera con los años, sentía la embriaguez de las posesiones a lo grosero y sensual, sin ternuras de enamorado, sólo con las voracidades torvas del instinto.
Su torpe codicia iba arrastrándose lo mismo que un reptil por los barbechos, en la estrechez de la mísera tierra laborable y en el camino silencioso y triste de las hendidas cabañucas romanas, hasta dar por chiripa en una casa de adobes, en una recua y un rebaño.