—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—pronuncia, al cabo, después de toser y de escupir.
Resbaló su pregunta como tañido de campana rota sobre el cauce entreabierto y los rastrojos: el trajín enervante quedó atravesado por la sorpresa.
—¿Qué dice?—murmura con asombro la tía Dolores.
Olalla da principio en voz queda a una difícil explicación que confunde a la anciana, y Ramona hiende con nuevos redobles el erial.
—¡Eh!... ¿no contestáis?—grita el viejo apremiante.
Ya la abuela va entendiendo un poco:
—Sí, sí; el señor de Villanoble que viajaba con nosotras en el tren; el que está con el cura de güéspede y va todos los días a nuestra casa... Ya, ya... Pero, ¿y el primo Antonio?... ¿Y la boda esperada como una salvación por la familia?
—Ya veremos—insinúa Olalla, mientras su madre, muda y sorda, permanece entregada al trabajo con frenesí.
—¡Diájule! ¿Os habéis vuelto simples? ¿No queréis contestar?—vocifera exasperado el tío Cristóbal.
—No hay que impacientarle mucho—piensa la muchacha, con la serenidad de su juicio calmoso, y responde: