—De lo que usté pregunta... no sabemos nada.

—¿Cómo que no sabéis?... Pues si no es por la moza, ¿por quién viene ese barbilindo?

—Por don Miguel.

—¡Mentira!

Olalla se encoge de hombros con aquel movimiento brusco, peculiar en su madre. Y el viejo, sospechando que va por difícil camino su investigación, hace acopio de paciencia, contiene su ira en un rebufo, y se deja caer a la sombra del centenal, con el firme propósito de acechar allí hasta que sepa algo, hasta que aquellas «morugas» hablen o revienten.

Entonces Ramona le lanza una mirada oblicua para seguir en actitud de bestia, con la cabeza gacha y el resoplo bravo, embistiendo contra el duro rebujal.

Arde el sol inclemente, con furores de canícula, en gavillas de rayos violentos, y ya tan alto sube que la sombra de los panes se disipa en los rastrojos, desamparando al tío Cristóbal.

Va surgiendo la rotura, roja como una herida en el pálido rostro de la tierra, bajo la azada prepotente.

Sigue Olalla el rastro abierto por su madre, y tunde también con bríos las glebas hostiles; pero necesita descansar a menudo, suspira y se angustia visiblemente en el esfuerzo.

De vez en cuando vuelve Ramona la cara, un poco, para murmurar entre dientes: