—¡Aguanta, niña!
Quiere la tía Dolores, en medio de su admiración, aborrecer a la nuera, odiarla por fuerte y voluntariosa, por dura y audaz. Pero no cabe ninguna violenta pasión en el pecho cansado de la anciana; sólo puede amar pasivamente en torno suyo, con un resto del extraño y sombrío amor que consagró a la tierra: hasta para sufrir tiene estancada la vida en la petrificación de todos los sentimientos, y es preciso que una novedad muy cruel la sacuda para que todavía llore o se agite.
Allí sigue el tío Cristóbal, testarudo, con su pretensión entre las cejas y su mirada gris fija en el cauce, sin que le apure el resistero del sol encima de las espaldas. Cansado ya de esperar un indicio que le lleve a descubrir lo que avizora, concluye por hablar solo y pronuncia frases alusivas al asunto, llenas de doble sentido, y reticencias, confiando en que las mujeres, por prurito de replicar, piquen el cebo de la conversación.
—No se debe torcer el su inclín a las mozas... Los forasteros también son buenos maridos...
Esperaba anhelante, y como nadie respondiese, entre escupitajos y toses tornó a decir:
—Aunque a Antonio le hacen rico, no ha de gastar sus haberes aquí; más le gusta Santa Coloma, el pueblo de su madre... El muchacho es cabal, no digo que no; pero el mozalbillo de los Madriles debe ser cosa fina... y ese empleo de escribano que tiene renta ahora muchísimo dinero...
Se hunden las azadas en los duros terrones con acentos diferentes y continuos, brava la una, esforzadísima la otra, débil la tercera en seniles manos; la luz cuaja la llanura en un incendio; trasvuela un ave, y dice aún el tío Cristóbal:
—Sería una machada que despidierais al uno por el otro. Nada más que con papel y tinta gana éste en un mes tanto como Antonio en un año con la tienda. Y que la gente de pluma es dadivosa, de mucho rumbo y generosidá... Buena suerte ha tenido la rapaza... ¿Es aquella que viene por allí?
En el fino sendero de la mies aparece una joven lenta y afanosa, con una cestilla colgada del brazo.