—Ya es medio día—dice al llegar.
Y posando su leve carga, se abanica con las dos puntas sueltas del pañuelo. Por verla el semblante esquivo, se arrastra el anciano sobre el calcinado polvo, y ella gira disimuladamente el busto sin dejarse descubrir.
—¡Eh! muchacha: ¿eres tú la novia del forastero?
—¿Yo?—prorrumpe absorta Marinela, volviéndose de pronto.
—¡Ah, no eres tú!
Terco, obcecado, el tío Cristóbal delira en torno de su idea única, lo mismo que un demente.
De roja que es la cara del anciano se ha puesto de color de violeta y ofrécese tan turbia la mirada de los ojos grises, tan inseguro el acento de la sumida boca, que Marinela supone borracho a su pariente.
Vanse hacia el arroyo las dos zagalas para llenar de agua nueva el cantarillo, que ya varias veces fué a pedir refrigerio a la linfa murmuradora.
—¡Llega tan caliente!—lamenta Olalla.
Colman la vasija, beben las dos, y vuelven a colmarla.