—¡Está como caldo!—dice la sedienta cavadora—. Después cuchichean, mirando con recelo hacia la mancha oscura del anciano, medio tendido al borde de la zanja.

—¿Se ha vuelto chocho o está bebido?—pregunta Marinela.

—No, mujer; quiere que le digamos con quién se casa Mariflor...

—¿Y le habéis dicho?:..

—¡Qué sabemos nosotras!

Era la primera vez que las dos hermanas hablaban del asunto. Considerada como una niña la más joven, solía descubrir los secretos familiares nada más que con los ojos, sin sorprender casi nunca una palabra ni una confidencia, expansiones poco frecuentes allí donde el ritmo de la vida señalaba todas las inquietudes en el silencio taciturno de las almas.

Mientras comieron las trabajadoras, agazapadas en fila sobre el delgado sendero del centenal, libres apenas de la plenitud del sol que a plomo caía en la llanura, fué otras dos veces Marinela a llenar el cántaro al arroyo.

Había pedido agua el tío Cristóbal, y después de dársela, vertió la niña el líquido restante y corrió a lavar la boca de barro donde puso el viejo la suya de color de ceniza.

Él no se mostró sentido por aquella manifiesta repugnancia, ni pareció notar el molesto asombro que causaba a las mujeres su tenaz compañía. Caído en soñolienta modorra, había perdido sin duda la noción del tiempo, olvidado hasta de zumbar sus maliciosas preguntas.