Ni el hambre ni el ejemplo le avisaron la hora de comer; ni el tórrido calor que le cocía dióle impulso de buscar el cobijo de su casa. Cuando vió hacer a sus vecinas la señal de la cruz, le pareció que sonaba muy lejos el familiar repique de una campanuca. Y cuando ellas, viéndole medio dormido y atontado, le dijeron que el sol le iba a dañar, trató de incorporarse, dió de bruces en la tierra y quedó inmóvil, con la boca pegada al suelo.

Miráronse las mujeres con asombro, y como el viejo diese entonces un fuerte ronquido, Ramona dispuso únicamente:

—Dejadle que duerma.

—¿Al sol?—preguntó compasiva Olalla.

Inició la madre, con algunas vacilaciones, su acostumbrado encogimiento de hombros, y la muchacha, quitándose el mandil, lo desplegó con solicitud sobre el ancho sombrero del maragato.

Poco después, hinojada en el sendero, Marinela recogía los pedacitos de pan y el hondo cacharro con un resto de «moje», y doliéndole a Ramona la delgadez endeble de la inclinada cintura y el trasojado semblante de la niña, preguntó de pronto:

—¿Por qué has venido tú con esta calor, tan aina de comer?

—«Ella»—aludió con humildad la joven—iba a fregar el belezo y a echar las llavazas al cocho... También cebó las gallinas y las palomas, rachó leña y llevó los «curros» al agua.

—Abondo es eso...—comentó la madre con invencible desdén.

A tal punto, lanzó otro ronquido el tío Cristóbal, revolvióse con sacudidas largas y crujientes, y en un esfuerzo, como si quisiera levantarse, clavó en tierra las uñas de ambas manos.