Las mozas habían palidecido.
—Péme que está enfermo—dijo Olalla—; hincóse al lado suyo y trató de alzarle la cabeza; pero la sintió agarrotada y rebelde.
Acudió entonces Ramona, hundió sus recios brazos por debajo del cuerpo rígido, y de un brusco tirón dió vuelta al hombre: aparecía con el rostro casi negro, mojado de una espuma sangrienta, los párpados caídos y la respiración difícil.
Quedaron aterradas las mujeres.
—¡Coitado, agoniza!—clamó la tía Dolores llena de medrosa piedad, en tanto que la nuera pedía con demudado semblante:
—¡Agua, agua!
Inclinó Marinela el cántaro tendido.
—Aún tiene dello...—Daba diente con diente mientras rociaba su madre la congestionada faz.
Abrió el moribundo los ojos, torcidos hacia la moza con una mirada vacilante y sombría, como aquella que buscó a la novia del forastero antes de decir: