—¡Ah, no eres tú!
Torció también la boca, en la mueca de su habitual sonrisa impertinente, y quedó tieso, inmóvil, con el respiro apenas perceptible. La tía Dolores le daba pausadamente aire con el delantal; las muchachas, doloridas y mudas, le hacían sombra con el cuerpo: seguía Ramona mojándole los pulsos y las sienes, y caía el silencio con el sol, como un manto de luz sobre el extraño grupo.
—Encomendémosle—murmuró Olalla arrodillándose.
—Señor mío Jesucristo—fué diciendo la voz oscura y triste de la madre, y las otras mujeres repitieron angustiadas la oración hasta el final.
No había dado el tío Cristóbal señales de entender el tremendo aviso, cuando giraron sus pupilas desorbitadas y ciegas, y un estertor hiposo le silbó dentro del pecho: con el postrer visaje y la última sacudida, la inerte cabeza saltó desde las manos de Ramona rebotando en el polvo, y las uñas del moribundo volvieron a clavarse feroces en el erial.
—¿Murió?—dijo despavorida Olalla.
Marinela dió un grito y cerró muy apretados los ojos.
—Sí, sí; hay que llamar gente,—respondía la madre trazando sobre el difunto la señal de la cruz—. Y viendo a la zagala tan miedosa, añadió resoluta:
—Vai con la cesta y, al tanto, das razón de lo que ocurre.
—¿A quién?