—A la familia; ellos avisarán a la Justicia.

Obedeció la joven con terror y sigilo: sus pies medrosos apenas tocaban el sendero; su grácil figura desaparecía entre los altos panes. Pero quizás un leve roce de su brazo, o tal vez un soplo de perezosa brisa, movió las hojas verdes con rumores suavísimos de «escucho».

—¡Madre, madre!—gimió la muchacha con espanto. Volvióse atrás corriendo, y quedó parada al borde de la mies, sin atreverse a salir al raso donde el muerto dormía. Allí encontró a la abuela, acurrucada en la linde con cierta indecisión, tentada a la fuga, y detenida por el trabajo y la caridad.

—¿Que yé, rapaza?—preguntó con susto.

—Tengo miedo... me siguen... escuché una voz...

—¡Te haltan jijas hasta para fuir!—lamentó más distante el acento brusco de Ramona.

Y Marinela, inducida por su mismo pavor, asomóse al rebujal desde el seto vivo de los tallos.

Vió que Olalla había desaparecido y que su madre, sentada al sol, impasible y estoica, velaba al muerto. Parecióle el cadáver más rígido y huraño, con la boca abierta, y la piel del sequizo color de los abrojos; quedó allí fascinada un minuto, y, de repente, echó a correr entre la verde masa, por el hilo sutil de los senderos; movía con los codos el follaje, y el rumor de las hojas sacudidas le causaba indecible inquietud: todas las crueles fluctuaciones del pánico vibraban en los tirantes nervios de la doncella, empujando su loca fuga al través del centenal.

Cuando llegó desalada al pueblo, no supo cómo hablar en casa del tío Cristóbal. Entró en la ruin vivienda, que de pobres menesterosos parecía, y halló a Facunda cosiendo en el clásico cuartico, la pieza que ciertos días solemnes sirve de comedor a los maragatos, forzosamente colocada entre la cocina y el corral; la misma que en casa de la tía Dolores han llamado estradín por excepción.

Ante la absorta mirada de su amiga, Marinela, confusa y torpe, acabó por decir: