—Que tu abuelo se ha morido junto a la mies de Urdiales.
—¿Mi abuelo?... ¿Sábeslo tú?...
Facunda, con más asombro que dolor, se había puesto de pie.
—Vengo de allá; le vide.
—Pero, ¿qué le dió?
—La muerte repentina.
—¡Virgen la Blanca!... ¿Y qué hacía allí?
—Mirando cómo abrían el calce: andamos al riego en nuestra hanegada de la Urz.
—¿Asurcana de la nuestra Gobia?
—¡Velaí!