Con la costura en la mano, la moza volvió a sentarse enfrente de Marinela, doblada sobre un escañuelo en actitud de abrumadora fatiga.
—Pues yo le estaba esperando para comer.
—¿Y no comiste?
—Nada.
Quedaron mudas, mirándose a los ojos con sorpresa, al compás del reloj que se mecía en su caja de roble, señoreando el cuartico.
Facunda levantó del solado un marchito ramillete de tomillana, y espantó con lentitud el enjambre zumbador de moscas, desatado en el aposento.
—Y al biendichoso—dijo después—, ¿se le saltaría el corazón?...
—¿El corazón?... Píntame que el mal le dolía en los ojos y en la boca: echaba espuma entre los labios y tenía el mirar lusco.
—Salió de casa en ayunas, con una copa de aguardiente.