—¡Vais a heredar a rodo!—murmuró fascinada, sin envidia ni rencores.
Alumbráronse los ojos descoloridos de Facunda y una sonrisa beata se le cuajó en los labios. Todos los matices de la emoción, suscitada por aquel anuncio, resplandecieron en esta frase elocuente:
—Voy a comer...
Alzóse de nuevo, con ademanes pesados: era gruesa, fuerte, baja; tenía mejillas carnosas, tez bronceada por el sol, mirada pasiva, y una insignificante belleza juvenil en el conjunto de la figura.
Revolvía Marinela su curiosidad alrededor, resumiendo maquinalmente el inventario del cuartico. Y, de pronto, la hizo estremecer una anguarina del tío Cristóbal, colgada en el apolillado capero, rígida y sin aire, como una mortaja.
—Tienes que avisar a la Justicia—le advirtió a la heredera con solemne tono.
—¡Ah! ¿Sí?—clamó Facunda, abriendo mucho la boca.
—¡Natural!
—¿Quién lo dijo?
—Mi madre.