—¿Pero es obligación?... Cuando murió la abuela no llamaron al juez.
—Porque estuvo en la cama... Cuando el tío Agustín se atolló en la nieve y amaneció cadáver, vino el Ayuntamiento.
—Y ¿a quién mando a Piedralbina?—murmuró atribulada la moza, como si tuviese que realizar una hazaña insuperable.
—Manda a Rosicler.
—Tiene el aprisco a la mayor lejura, en los alcores del Urcebo...
—Pues a tu hermano...
—Anda a la escuela...
Quedáronse de nuevo silenciosas, sumidas en la preocupación terrible de aquella grave dificultad.
Marinela se había puesto de pie, sin apartar mucho los ojos de la anguarina parda.