—¿No habrá un motil que te haga el mandado?—murmuró despacito, como si alguien durmiese.
Y Facunda, en el mismo tono de misterio, resolvía:
—Iré yo después de comer y de avisar en casa de mi madre.
—¡Eso!
Felices con el hallazgo de aquella inesperada solución, se miraron en triunfo, sonrientes, como si hubiesen escapado de un enorme peligro.
Tras largo y duro rechinamiento de resortes, dió el reloj una lenta campanada, y Marinela, despidiéndose muy lacónica, salió de puntillas, apresurada y vacilante.
—Al paso que vas—dijo la dueña de la casa con luminosa inspiración—podías contarle a don Miguel...
—¡No puedo, no!—atajó la infeliz, temblando locamente.
—¿Por qué, criatura?
—¡No puedo, no!—y agarrada al cestillo, volvió a correr la mozuela triste, dejando a su vecina con la boca abierta. Pero al doblar la calle y cruzar la plaza, en el mismo brocal de la memorable fuente la detuvieron una sombra, una voz y un saludo. Era el propio forastero de quien la moza huía: llegaba sonreidor y alegre; extendió los brazos para contener la delirante carrera de la joven, y con audaz halago le rezó al oído, como un eco de su primera entrevista: