—¡Salve, maragata!
Un grito y un sollozo contestaron a la oración devota del poeta... Tuvo él que sujetar el talle de la moza, fatalmente inclinado hacia el pilón donde el agua decía la eterna incertidumbre de las cosas humanas.
—¿Me tienes miedo?—preguntó conmovido, hablando a Marinela de tú, como a una niña.
Todo el nublado de las contenidas lágrimas estalló entonces.
—Pero, ¡siempre lloras!—exclamó Terán con angustia—. ¿Qué tienes?... ¿Por qué sufres?
Ella se dejó sostener un instante, enloquecida por el desbordado ensueño de su alma, y al punto quiso huir.
—¿Temes que te haga daño?... ¿Estás enferma?—seguía el joven diciendo, con blandura y cariño, sin dejarla escapar.
—¡No puedo, no!—repitió aún Marinela con gemido impotente, como si ya no supiese decir otra cosa.
Y a Rogelio Terán le pareció que la desconsolada frase había causado un estremecimiento profundo en el transparente corazón del agua.
—¿Qué tienes, dime?—insistió el poeta.