Alzóse el lindo rostro con tal expresión de súplica y mansedumbre, que el caballero aflojó los brazos y dejó partir a la zagala.
Ya entonces la triste no pretendió correr. Fuése con pie desfallecido, deshecha en lágrimas y sollozos, dándoles libertad con repentina y bárbara crudeza, con alarde infantil.
Sorprendido y emocionado la vió Terán hundirse en la ardiente calle. No había él ido a Valdecruces para hacer llorar a las mujeres, y su experiencia, un poco mundana, le advertía de misteriosas culpas en el llanto de aquella joven. Mariflor le había dicho que su prima gozaba poca salud, que padecía de tristezas y lloros, y que desde la noche de la farsa se había puesto mucho más inapetente y melancólica, más trasoñada y sensible. Por dos veces la encontraron escribiendo el romance de la Musa entre lágrimas y suspiros. Y Olalla, su compañera de lecho, contó que la niña por la noche no pegaba los ojos, y que si acaso al amanecer se adormecía era para soñar con voz alucinante los versos de la farandulera.
También supo el forastero por don Miguel, con otros muchos pormenores, que la zagala tenía vocación de monja. Pero, con su penetrante vista de buen lector de almas, el poeta adivinó aquella tarde un nuevo aspecto en la enfermedad complicada de la niña.
Dióse a estudiar el conflicto con inquietud y lástima, ruano y meditabundo, al través del pueblo inmóvil, sin advertir que se había borrado en el rojizo suelo la sombra exigua de las paredes, y que ardía la luz, como un volcán, vertida a plomo en las silentes calzadas.