XIV
ALMA Y TIERRA
DESDE aquel medio día luminoso en que Rogelio Terán llegó a Maragatería, soñador y aventurero, a semejanza de Don Quijote, habían transcurrido dos semanas apenas, tiempo harto breve para curiosear la tierra y el alma de este país incógnito y huraño, tosca reliquia de las viejas edades, remanso pobre y oscuro de los siglos de hierro.
Deslizábanse los amores de Mariflor y el poeta como idilio sereno y apacible en la vida un poco fatigada del mozo, mientras se le iba mostrando la dulce novia aún más gentil que en el primer encuentro inolvidable, más esbelta y pensativa, luciendo más su innato señorío sobre el fondo gris de Valdecruces.
Cuantas impresiones recibió aquí el artista en sus andanzas tuvieron una fuerte originalidad. Con grande asombro y compasión aprendía la dura existencia de este pueblo de mujeres, bravo y taciturno, que ni el tiempo ni el olvido lograron borrar de las crueldades de la estepa al través de las centurias: hábitos y costumbres, semblantes y caracteres, mostráronse al novelista esquivos y asequibles a la vez, como si el rostro de la aldea, tan cándido y tan rudo, guardara hondos misterios bajo las tenaces arrugas de los siglos... Calzadas escabrosas, rúas cenicientas, míseras cabañas, casucas de adobes, techumbres de bálago, trajes, palabras y tipos, descubiertos al primer vistazo en toda su interesante rusticidad, callaban la certeza de su origen y escondían su historia en la penumbra de caminos ignotos: un marco de nieblas y de sombras envolvió a Valdecruces delante del forastero, a la luz espléndida del sol.
En la romántica incertidumbre de sus observaciones veía el poeta surgir a cada instante el vivo enigma de unos ojos claros, de una boca muda, de un talle macizo y un lento ademán; la humilde y robusta silueta de una mujer, de una esfinge tímida, silenciosa, persistente: ¡la esfinge maragata, el recio arquetipo de la madre antigua, la estampa de ese pueblo singular petrificado en la llanura como un islote inconmovible sobre los oleajes de la historia!
Esta imagen perenne, más diminuta y simple, más asustadiza y torpe, repetíase pródigamente en los niños: la cara redonda, elevado el frontal, cóncavo el perfil, los ojos pardos, verdes o azules, con una vaga tendencia oblicua, daban a todos un aire primitivo de candor y timidez, un viso triste de pesadumbre y esclavitud. El sesgo leve de la mirada era nota de cobardía y sumisión más que de recelo o disimulo; y los gestos pausados, los calmosos debates de la palabra y el pensamiento para resolver la más sencilla de las dudas, delataban un cultivo intelectual muy rudimentario, un secular abandono de aquellas mustias imaginaciones.
Ningún rasgo masculino altivecía el semblante fusco de la aldea; los pocos viejos que allí se refugiaban habían perdido la energía viril lustrando por ajenos países, y en el esfuerzo bravío que sacudía a las mujeres sobre el páramo, no asomaba ese alarde varonil de que algunas hembras suelen revestirse al trabajar como los hombres: todo el ímpetu fuerte de estos brazos, cultivadores del erial, derivaba del materno amor, fuente inagotable de renunciaciones y heroísmos, divino poder que allí se manifestaba callado, fatal y oscuro en las almas femeninas.
A tales conclusiones fué conducido el forastero al través de sus íntimas charlas con el cura.
—¿Qué hay—preguntaba Rogelio cada vez más curioso—en estos corazones tan recatados y sufridos?