—Hay madres solamente—respondía, melancólico, don Miguel.
—¿Y el amor sexual, esa lozanísima planta de la juventud que florece en todos los países del mundo?
—Estas mujeres sólo conocen la obligación de la esposa que debe concebir.
—Pero el sentimiento, la exaltación del espíritu hacia el hombre que eligen, ¿tampoco lo conocen?
—No eligen: se les da un marido, y ellas le acatan mientras puede sostener a la familia.
—Habrá excepciones.
—Ninguna.
—¿En toda la región?
—En toda... si algún elemento extraño no se mezcla en la vida maragata...; que no suele mezclarse.
Bajo el tono apacible de la respuesta creyó Terán percibir una embozada reconvención. Hallábanse ambos amigos a solas en el despacho del sacerdote, estimulando su plática con el humo de los cigarros, mientras el tío Cristóbal agonizaba en la mies.