Parecía que de intento el cura no quisiera aludir directamente a los discutidos amores del poeta y Mariflor. Y en esta actitud sentía el mozo latir una sorda hostilidad.

—¿Yo «sería» en Valdecruces ese «elemento extraño» que tú dices?—preguntó de repente.

—¡Quién sabe!—respondióle con tristeza don Miguel.

—¿Estorbo?

—¡En mi casa nunca! Pero...—dijo el párroco suavemente—contra ti se vuelve la realidad; yo dudo que estés destinado a cumplir en Maragatería una misión redentora, como tú supones.

—¿Ni siquiera la de salvar a una sola mujer?... ¿no tendrá ella bastante con mi corazón y con mi vida?

—Tu vida no depende de ti... Tu corazón... ¡quizá tampoco!

—¡Hombre!

—Acuérdate...

—Si, ya me acuerdo—interrumpió desconcertado el poeta—; pero esa lúgubre memoria no ha de apartarme para siempre de la felicidad.