Y huyendo de la luz agonizante del candil, atajó en el pasillo al sacerdote, que ya se despedía.
—Marcho de madrugada; ¿qué razón llevo?—preguntó solícito.
—¿De cuál?
—De la boda.
—Pues ya lo ves ¡ninguna!
—Pero... ese escribano de Madrid, ¿ha de tornar?
—Creo que no.
—¿Y luego?
Don Miguel se encogió de hombros, desazonado y aburrido en aquella burda porfía, repitiendo mentalmente la grave palabra de Mariflor: «¡Imposible, imposible!»