—Sí, la rapaza me tiene malquerencia por «aquello» que usté le dijo de mí...
Olalla y su madre no se mostraron muy convencidas de semejantes suposiciones, y permanecieron inquietas, atribuladas por el fracaso definitivo de la boda; en tanto que la tía Dolores, sin alcanzar la magnitud de la desgracia, temía un contratiempo en el negocio matrimonial. Mirando de hito en hito a don Miguel desde el fondo gris de las pupilas, preguntó medrosa:
—¡Eh!... ¿qué dicen? ¿Por qué la rapaza fuge?
Pero su voz se apagó entre los pasos veloces de los niños que regresaban de Piedralbina con las trojas al hombro y las caras interrogantes.
—Mariflor corría llorando—dijeron al entrar.
—¿Por onde?
—Por la mies.
Adoraban los chiquillos a su prima, y la inquietud les daba atrevimiento para inquirir en el rostro del cura razones de la triste carrera que ellos no habían podido contener.
—Volverá—prometió el párroco, seguro—; volverá cariñosa para vosotros y buena como siempre.
—Sí, volverá; ¡no tiene hiel!—exclamó Antonio con disimulada impaciencia.