—¡Padre!... ¡Don Miguel!... ¡Señor cura...!—clamaron tres voces, a la rebatiña de palabras insinuantes y cariñosas para sacudir al ensimismado protector.

—¡Es verdad!—murmuró él, recordando, como si su espíritu volviese de un viaje—. Yo tenía que deciros alguna cosa en esta ocasión... Pues, ya lo estáis viendo: la muchacha «no puede querer» a su primo; el primo «no quiere» favoreceros a vosotros, y yo, ni puedo ni quiero sobornar los sentimientos de una doncella para hacer caridades a costa de perfidias.

Hablaba despacio, tranquilo; su indignación se abatía sin duda en el propósito de no intervenir más en aquel triste asunto. Y sus palabras, escapándose en parte a la penetración de los oyentes, parecían el resumen de un breve examen de conciencia.

Don Miguel Fidalgo, místico y piadoso, alma encendida en lumbres de terrenales sacrificios, se había encariñado con la esperanza de que Mariflor realizase el acto sublime de tomar, por amor a su familia, una cruz en los hombros. Sabía el cura muchos secretos de divinas compensaciones; confiaba poco en la constancia de Rogelio Terán, y temiendo por la frágil dicha que manejaba el poeta, imaginó poder asegurarla haciéndola fecunda aprovechando, por decirlo así, el seguro dolor de una existencia en beneficio de otras pobres vidas y en simientes de goces inmortales.

A la luz de tan altos fines, los espejismos de don Miguel pudieron ser hermosos; pero ahora, de cerca, tocando las salvajes pasiones y hondas repugnancias que la heroína debiera resistir, un vértigo de materiales angustias celaron al soñador los excelsos fulgores del imaginado sacrificio: teorías consoladoras, confianzas secretas y afanes recónditos, eran torres de viento para el bárbaro empuje de la miserable escena presenciada. La brusca realidad de aquel contacto produjo en el apóstol una sensación de pavorosa caída desde las nubes a la tierra. Convencido de haber soñado a demasiada altura de las fuerzas humanas, despertábase pesaroso, lleno de compasiones y de remordimientos, como si el oculto albergue que dió a las esperanzas de la boda fuese una culpa en la tragedia que sobrevenía. Y compungido por el tumulto de tales pesadumbres, oyó como decía Olalla:

—El mal caso de no querer «a éste», es por «el otro».

—¡Por el amigo de usté!—renegó la madre, hostil.

Le dolía al cura este recuerdo como el mayor delito de su influencia sobre la vida de Mariflor en Valdecruces; parecíale imposible haberse dejado llevar por un sentimiento romántico hasta el punto de compartir un día con la inexperta moza ilusiones confiadas a un caballero errante, mariposa de todos los vergeles, giróvago enamorado, de tan noble intención como firmeza insegura. Despierta la desconfianza que lejos del amigo pudo adormecerse, crecía en el ánimo del sacerdote recordando la singular precipitación con que Terán partía, después de resistirse para conceder una tregua a su enamorada solicitud. En el preciso momento de quedar la novia libre de morales ligaduras, con que ella misma por compasión se ataba a una promesa, alejábase el novio impaciente, reservado, incomprensible... ¡Acaso ya corría en el tren seducido por todas las atracciones de la vida, sin que en la ambiciosa cumbre de sus pensamientos la idea del deber tuviese nada más que unos lejanos resplandores!

Esta consideración penosa indujo al cura a conmiserar dolorosamente las humanas flaquezas y a dejar correr una benigna lástima sobre aquellos toscos espíritus asfixiados por el brutal peso de todas las ignorancias y de todas las necesidades. Procuró mover los corazones bajo la espesura de las inteligencias, solicitando mucho cariño y compasión para Florinda, y quiso de nuevo suponer que la rebelde actitud de la muchacha con Antonio obedecía a un justo desquite más que a las rivalidades aludidas por Olalla.

El maragato, muy en desacuerdo con sus recientes fachendas, apresuróse ahora, optimista y conciliador, a recoger la tranquilizadora especie; y sin abdicar de su nativo orgullo, pronunció benévolo: