—Yo no mendigo novia: pongo condiciones a la protección que se me pide; si no convienen, ¡salud!, y que no se me diga una palabra más del tributo de esta casa.
—¡Dios mío. Dios mío!—plañía Mariflor con espanto en aquella negrura, cada vez más espesa, donde las enemigas voces del Destino ponían cerco a una felicidad inocente.
De pronto, aquel muro de sombras que disparaba frases como dardos al corazón de la joven, se removió siniestro, y pedazos vivos de la implacable fortaleza avanzaron hacia Florinda en forma de tres mujeres suplicantes y desesperadas.
Quiso entonces la infeliz asirse al noble apoyo de don Miguel; pero los hábitos sacerdotales recogían la creciente oscuridad con tan severa traza, que también tuvo miedo de esta inmóvil persona muda y negra.
Y en semejante asedio y abandono, huyó la moza, perseguida por su propio grito atormentado. Ganó el corral, cruzando el estradín, y en plena rúa, corrió ciegamente, bajo la indecisa luz del prematuro anochecer.
Al ocurrir la desalada fuga, quedó en suspenso el vocerío de las mujeres, y en la prisa por buscar una solución al urgente problema de la boda, se le ocurrió a Olalla encender el candil. Aunque no alumbró mucho espacio la crepitante mecha, a su amarilla claridad surgió abocetada, impaciente en un rincón, la figura de Antonio.
Se limpiaba el maragato con un pañuelo de colores el sudor copioso de la frente, y aparecía fatigadísimo, como si allí rindiera en aquel instante la más dura jornada de su vida.
—«Ese» no se la lleva a ufo—rezongaba—; cuando yo me planto, no le hay más terne en todo el reino de León.
Y bravatero, jactancioso, revolvíase entre el escaño y el llar, y hacía con el pobre moquero raudos molinetes, en la actitud belicosa del antiguo fidalgo que empuñase una espada leonesa de dos filos.
Pero aquella caricatura de perdonavidas, singular en el carácter apacible de Antonio Salvadores, no mereció la atención de las mujeres tanto como la quietud del párroco, silencioso y como entumecido en medio de la estancia.