Crujió un escaño bajo el desplome del cuerpo, cuya voz pronunciaba desoladamente:

—¡Pues lo doy!

—¿Todo?—acució Ramona delirante de codicia.

—Todo... si me caso con «ella»; sois testigos.

—Eso es imposible... ¡imposible!...

La indómita repulsa quedó ahogada entre insurgentes voces.

—¡Podré recibir a Isidoro!—balbució la abuela con extraordinaria lucidez.

Y Ramona, en súbito arranque de ternura, dulcificó sus labios al proferir:

—¡Mis fiyuelos!...

Pero el maragato oyó rodar la palabra «imposible» hacia donde la luz resplandecía, y hazañoso al abrigo de las tinieblas, advirtió con rotundo acento que apagó el de las mujeres: