—Para que no lloren, hace falta mucho dinero.

—¿Cuánto?

Desde el fondo de la oscuridad, la insistencia de aquella pregunta parecía algo fantástica. Y la joven, vacilando, como si en sueños hablase con un duende o respondiera a un conjuro, enumeró:

—A don Miguel hay que darle cuatro mil pesetas en seguida.

—¿Qué más?

—Tres mil se le debían al tío Cristóbal...

—Al médico le debemos la iguala.

—Y al boticario treinta riales—apuntaron desde la sombra.

—¿Qué más?—aguijaba Antonio con tales bríos, que Mariflor, corriendo un loco albur, añadió retadora:

—Mil duros para reponer los ganados y las fincas... Otros mil para que Marinela profese en Santa Clara...