—¡Ay los mis hermanos!... ¡Ay mi abuelica!...

Desde lejos, Marinela, ardiendo en fiebres del cuerpo y del alma, estremecida por aquellos extraños gritos, se atrevía también a plañir:

—¡Tengo sede!

—¡Qué escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!—clamó atónito don Miguel—. ¡Silencio!—ordenó al punto con una voz estentórea, y el cuento de su bastón repicó furiosamente en el solado.

Establecida en apariencia la tranquilidad, dejóse oir el resoplido de una respiración muy agitada, un trajín de carne ansiosa, como si jadeando en las tinieblas Antonio se hubiese puesto de pie.

De pie estaba; había entendido que aquel señor «de pluma», displicente y finuco, invitado por don Miguel, con mucho golpe de espejuelos y de romances y poca guita en el bolsillo, le birlaba la novia. ¡Y vive Dios que no sería así, tan fácilmente!

Por los fueros de Maragatería, por la honra de su casta, lo juró Antonio Salvadores.

Con el estallido de un beso sobre la carnosa cruz del índice y el pulgar, dió el maragato fe de su altivo juramento, y, arrogante, audaz como nunca, preguntó:

—¿Cuánto hace falta para que no lloréis?

El estupor que estas palabras produjeron, enmudeció al auditorio, hasta que Florinda, incrédula, quizá un poco mortificadora, dijo sordamente: