Iban cayendo en la cocina las precoces tinieblas de aquella tarde gris, y Antonio había buscado el rincón más oscuro para aposentar su lozana persona; junto a él quedaron medio escondidas las tres mujeres; de modo que al entrar la joven, sólo vió al cura, de pie bajo la escasa claridad del ahumado ventanuco.
A una indicación del sacerdote le siguió Florinda, pasmada, hacia el estradín, y, traspuesto apenas el umbral, los dos hablaron quedamente un instante, mientras en el fondo de la cocina se delataban algunos acentos confabulados y cautelosos.
Por el sombrío rastro de tales rumores fuese Mariflor derecha hasta su primo, le puso como por la mañana las suaves manos en los hombros, y le dijo enérgica y triste:
—Yo no te pedía nada para mí, y aunque me dieras todo el oro del mundo, no te puedo querer ni ahora ni nunca.
Tronaron sordamente unas frases violentas, en voz opaca de mujer, y un brusco regate hurtó bajo los dedos de la niña el coleto de Antonio. Libre ella de su grave secreto, volvió a guarecerse junto al sacerdote que, habiéndola seguido desde el estradín, recibía otra vez el fugitivo resplandor de los cristales, en el centro de la cocina.
—¿Entonces?...—interrogó Olalla con increíble desparpajo.
—Antonio dirá—pronunció cohibido el cura.
Y cuando parecía imposible que el mozo respondiera, atarugado por timideces y rencores, subrayó con bastantes ánimos:
—Digo «que nada»; ya lo sabe usted.
Hipos y quejas estallaron encima de tan ruda afirmación, y allí, en la cómplice oscuridad, fué pronunciado con odio y amenazas el nombre «del forastero». Cuanto maldecía Ramona, áspera y cruel, repetíalo maquinalmente la tía Dolores, mientras Olalla, más prudente y justa, se atenía a ponderar el común infortunio con ayes quejumbrosos: