Entraron, pues, los visitantes por la puertona principal, se asomaron al estradín desde el pasillo, y, no hallando quien los recibiera, deslizáronse hasta la cocina. Quizá sus mismos pasos, recios sobre las baldosas, y un repique sonoro del bastón de don Miguel, les impidiese oir hacia la alcoba de Marinela voces apagadas y sollozos furtivos.
La moza, sorprendida en el palomar, acababa de aparecer, dócil como un corderuelo, de la mano de Mariflor, y era recibida con espanto como un ánima del otro mundo. Revolvíase la madre en el dormitorio, asegurando «que la renovera le había traspuesto de suso a la rapaza con intención luciferal». A estos aberrados plañidos hacían coro, augurales, las otras dos mujeres; y en vano Florinda procuraba explicar que, sin duda, la enferma, necesitando aire en los ardores de la calentura, había escalado inconsciente el abierto refugio de las palomas.
Sin negar ni asentir, acaso contagiada por la superstición de los hechizos, Marinela gemía, hundiéndose en la cama otra vez y dejando que su madre la cubriese con un rojo alhamar.
—Es preciso que sudes—ordenaba Ramona—para que desarrimes la friura del pecho.
Y el terrible cobertor fué rodeado con saña al cuerpecillo febril.
—¡Tengo sede!—lamentaba la niña sollozando.
—¡Ni una gota de agua, ni una sola!—sentenció la madre severa.
Y la voz de don Miguel resonó entonces impaciente:
—¡Ah, de casa!... ¿Dónde estáis?
Pero ya estaban en la cocina, aceleradas y serviciales, las de Salvadores, dejando sola con la enferma a Mariflor, aplastada bajo el aire estantío del dormitorio. No permaneció allí mucho tiempo. La llamaron al compás de unas voces solapadas, y acudió medrosa, con la incertidumbre en el corazón.