Tanta cortesía y previsión eran indicios de firme voluntad conquistadora. Y don Miguel, perplejo, confiando a la Providencia el desenlace de aquel conflicto, se limitó a insistir, como medida de precaución contra un brusco desengaño, en que Florinda era muy sensible, delicada de pensamientos, dueña y señora de su voluntad por expreso designio de su padre.

—Pues usted se entenderá con ella: le dice...

—No; eso tú.

—¿Yo?

—Naturalmente.

—Usted no me conoce; yo no sirvo para hablar de estas cosas con rapazas; además, aquí no se usa.

—Pero tu prima es mujer de ciudad, inteligente y razonable, y tú ya eres un hombre educado a la moderna.

—Yo soy el mismo de antaño, don Miguel; y me pongo zarabeto y torpe en tratándose de finuras: quiero casarme con Mariflor; ayúdeme usted y me daré a buenas en lo de la abuelica.

Clavado con tenacidad en su deseo, encendido el rostro y la actitud inquieta, el pretendiente no dió un paso más por el camino adonde se le quería conducir.

Y ya mediaba la tarde cuando el cura llevó a su convidado a casa de la tía Dolores, prometiendo explorar el ánimo de Mariflor y evitarle al mozo en lo posible, las negociaciones directas con la prima.