XVI
LA TRAGEDIA

SOFOCADO y mohíno salió Antonio Salvadores de la segunda conferencia con don Miguel, luego de afirmar que sólo casándose con Florinda remediaría los apuros de su gente.

Había soltado la contradictoria declaración de sus intenciones con la prisa de quien se descarga de un grave peso. Aceleradamente, lleno de timidez y de bochorno, se adelantó a decir:

—Me casaré con «ella» y arreglaremos esas trampas sin demasiados perjuicios...

No esperaba el cura tan a quemarropa la presentida capitulación. Sonrió, avisado, y quiso paliar con diplomacia su respuesta para no herir de frente el masculino orgullo, muy empinado y hosco en Maragatería.

—¡Hombre!—dijo—vamos por partes: la moza oyó que tú la rechazabas; ¿cómo vas a exigir ahora que te quiera?... estará quejosa, ofendida...

—¿Ella?—dudó Antonio, como extrañando que una mujer pudiese tomar la seria determinación de ofenderse. Luego, en aquella duda presuntuosa, abrió su camino oscuro otra sospecha. ¿Y si Mariflor no fuese una mujer como las demás?... Porque parecía distinta...

—Usted le dirá que me equivoqué—propuso el mozo—; que no supe expresarme; que usted me entendió mal y yo no me atreví a desmentirle; cualquiera disculpa que a mí no se me ocurre.