—¿Qué haces, criatura?—gritó, corriendo a levantarla.

Pero ella puso un dedo en los labios con sigiloso ademán.

—¡Chist!... ¿No oyes muchas alas que baten?... ¡Escucha!...

—Sí; es que llega el bando—respondió Florinda, asomándose a recibir a las viajeras, enajenada también por indecibles anhelos.

—¿De dónde viene?

—Pues de la llanura, del camino...

Alado azoramiento de temblores y arrullos invadió el palomar.

Quizá tocó a las aves un leve espanto en las alas cuando el viento revolcó los húmedos sollozos en la estepa, aquella tarde triste; quizá en los picos y en las plumas traían las palomas un mensaje embustero y perjuro. Si el tempestuoso retornar de las mensajeras encerraba un fatal designio, Florinda le recibió encima de los labios, sorbiéndole hasta el corazón en el aire frío de las alas revoladoras, mirando al nublado cielo con los ojos llenos de lágrimas, y Marinela le esperó de rodillas, aterrada la frente, sumisa la cerviz, como una humilde criatura sentenciada al último suplicio.