—Voy a verla—decidió Olalla saliendo del estradín, con su paso corto y solemne, para volver el punto más de prisa, exclamando:—¡No está en la cama!

—¿Cómo que no?

—Ven, ven; no está.

Las dos mozas corrieron juntas, y detrás gritaron las dos madres.

—¡Sortilegio, sortilegio!—rugía Ramona, en tanto que la abuela, sin comprender el motivo de tales alarmas, iba lamentándose:

—¡Ay... ay!...

Todas palparon en la oscuridad el vacío lecho, y Ramona se hundió en él de bruces, relatando conjuros y exorcismos con demente superstición. A su lado, la tía Dolores seguía gimiendo:

—¡Ay... ay!...

Las muchachas buscaban a Marinela por diferentes escondites: no podía haber corrido mucho en poco tiempo, débil y medio desnuda.

Todavía, en el asombro de la nueva inquietud, le sonaba a Florinda con encanto la suspirada frase: ¡quién fuese paloma!, y los pasos de la joven siguieron maquinalmente el invisible hilo de aquella fascinación. Desde la penumbra de la escalera ganó la novia, con gesto iluminado, la cumbre alegre del palomar, y entre el rebullir de los pichones y el plumaje esponjoso de los nidos, halló a la pobre Marinela, tiritando y encogida, de hinojos en el suelo.