No sabía Mariflor cómo esquivarse a la censura de aquel extraño grupo, silencioso como un tribunal, y azorada murmuró:

—Marinela necesita que la visite el médico.

—Aún se le debe el centeno de la iguala—dijo Ramona, acentuando la sombría dureza de su rostro.

—No importa; hay que llamarle—se atrevió a replicar Florinda.

Y Olalla, encendida por el carmín del remordimiento, se puso de pie, balbuciendo:

—¿Recayó?

—Tiene calentura.

—Habrá que darle agua serenada.

—Y un fervido esta noche—añadió la madre.