—¿Ya «se marchó»?
La alusión, tácita y dulce, vibró con estremecimiento de saeta.
—Sí; ya irá por el camino—dijo Florinda amargamente.
Sus palabras rodaron con un eco profundo, como si dilatasen los horizontes del viajero en infinita peregrinación.
—¡Quién fuese paloma!—exclamó la enferma con ardiente arrebato.
Una imagen de alas libres, de lontananzas azules, de espacios alegres, de amor y de luz, robó a la novia el pensamiento, en sacudida brusca de la imaginación. Sentía de pronto la pesadez implacable de la atmósfera, con tales náuseas y repulsiones, que un indómito impulso de todo su ser le obligó a decir:
—Me voy... vuelvo en seguida.
Y salió escapada del dormitorio, sin tino y sin aliento.
Buscando aire y claridad, llegó al estradín y se quedó suspensa delante de las tres mujeres de la casa, que parecían esperar una visita, sentadas muy ceremoniosamente alrededor del aposento, sin acordarse, al parecer, de sus cotidianos trajines.
La abuela había resucitado un poco, listos los ojuelos y solícita la postura, mientras Ramona doblaba el cuerpo en la silla, vencido por la costumbre de escarbar los azarbes y los surcos, y lucía Olalla su pañolito de Toledo, frisado y reluciente, margen de un rostro impasible.