—¿Y las cuatro mil?...—quiso Antonio averiguar.

—Nada, nada—interrumpió el sacerdote, resuelto y apresurado.

Pero aún se volvió hacia sus feligresas, y encarándose con Ramona, le dijo con especial tono:

—Florinda no tiene madre, ¡acuérdate!...

Para volver a su hogar aquella misma noche sólo puso la fugitiva por condición, en forma de sumiso ruego, que la esperase Olalla un poco tarde, cuando los demás se hubiesen acostado.

Y desde casa del cura, donde posó al final de su anhelante carrera, fué acompañada por Ascensión y su madre hasta la puerta del estradín.

De la timidez y sobresalto con que pisó de nuevo la cocina oscura, solamente Olalla pudo sorprender la emoción. Pero, con los ojos turbios de sueño, la joven no vió más que una sombra de su prima avanzando pasito en la punta de los pies.

Entonces un lamento de fracaso quebró apenas la silenciosa quietud.

—Dios no quiere hacer el prodigio; ¡no quiere!—sollozó Florinda con tan penetrante desconsuelo, que Olalla sintió necesidad de abrir los brazos.

—¡No llores!—respondió generosa.