Y su pecho macizo, impasible a menudo, derritióse en blanduras maternales al echar sobre sí el gran dolor de otra mujer.
Manaba tan vivo aquel pesar desde la herida tierna de un corazón, que Olalla la sentía correr como un torrente donde se desbordasen todas las amarguras del mundo. El deseo imperioso de consolar subió de las entrañas de la moza, y derramó sus sentimientos más dulces y protectores en estas elocuentes palabras:
—¿Quieres un poco de tortilla, un poco de vino que sobró a Antonio?
Como no pudiese Mariflor responder, siguió diciendo:
—Lo había guardado para Marinela; pero te lo doy a ti.
—No, no; gracias—dijo al cabo la favorecida.
Porfió la maragata rubia con grande solicitud; pero Mariflor la hizo creer que había cenado ya. Juntas se hundieron en las oscuridades del pasillo; y Olalla puso el candil en el suelo entre las puertas de dos habitaciones contiguas.
—Yo no me desnudo, porque tengo que levantarme al amanecer—dijo, acompañando a su prima hasta la cama de la abuela.
Enterada de que Antonio partía muy temprano, advirtió Florinda, estremeciéndose: