—No me llamarás a esa hora...
—No, mujer; nos levantaremos dambas, mi madre y yo.
Hablaban callandito, y un momento contemplaron mudas a la anciana, dormida con la boca abierta.
Estirándose en la semioscuridad con macabra rigidez, la figura yacente parecía de tal modo un cadáver, que Mariflor llegóse a tocarla presurosa.
—¡Está fría!—dijo trémula.
Pero Olalla, imperturbable, repuso:
—Los viejos siempre están congelados: y diz que es dañino acuchar con ellos los rapaces, porque les sacan la calor. Por eso la abuela duerme sola.
Un silbido leve, fatigoso, daba noticia de la respiración de la anciana, y, fuera, otros audaces silbos anunciaron los rigores del temporal.
La lluvia estalló sonora sobre el «cuelmo» sedoso de la techumbre, y toda la casa quedó mecida por el llanto y los suspiros de la noche.
—¡Dios mío, qué tristeza!—murmuró Florinda desnudándose.