Había colocado un almohadón a los pies del lecho y desdoblando la ropa con sigilo, deslizóse en él sin tocar a la anciana. El irresistible escrúpulo que antes galvanizó a la infeliz, asqueada y vergonzosa, volvió a poseerla en la orilla de los colchones, empujándola a riesgo de caer. Resistióse casi adusta cuando Olalla la quiso arropar, y hurtó el cuello y los brazos desnudos al roce de la sábana.

—¡Si tienes tanto frío como la abuela!—protestó la prima.

—¡No importa, no importa!—balbució Mariflor, sin saber qué decir, escalofriada a pesar de la densa espesura del ambiente. Luego añadió amable:

—Y tú, ¿vas a quedarte en vela? ¿No tienes frío y sueño?

—¿Frío en el mes de julio?... ¡Válgame Dios!... Cansada sí que estoy; agora apago la luz y voy, aspacín, a echarme junto a Marinela.

—¿Está mejor?

—No sé; dímosle agua y se durmió; pero arde y tiene temblores.

—Hay que llamar al médico.

—Madre no se atreve, por la paga.