—Pues hay que llamarle—insistió Florinda suspirando.
Revolvióse un poco la abuela, tembló la moza al borde del colchón, y Olalla dijo:
—Duerme; ya es tarde.
Salió en puntillas, de un soplo mató la luz, y ya entraba en su alcoba cuando la detuvo un leve reclamo de Mariflor.
—¡Oye!... Ese ruido, aquí cerca, que no es del viento ni de la lluvia, ¿de dónde viene?
Olalla escuchó un instante, y ahogó su risa al replicar:
—Es «él»... es Antonio que ronca; ¿tienes miedo?