XVII
DOLOR DE AMOR

SOBRE el llanto profundo de aquellas horas tristes, ¡cuántas angustias rodaron en el alma de Mariflor!

El novio no escribía; mudo en la ausencia, oscurecido como fuyente sombra, perdía su señuelo, de quijote en la llanura de los «pueblos olvidados».

Todos los días procuraba la joven sorprender al tío Fabián Alonso cuando, caballero en el rucio, repartía al través de Valdecruces la escasa correspondencia. A la hora del correo, deslizábase Mariflor al huertecillo en prudente vigilancia. Aprendió a mover un destral, y, con las sabias advertencias de la prima, fué puliendo los caballones y limpiando los caminos, precisamente a las seis de la tarde, cuando el tío Alonso pudiese aparecer sobre la linde antes de dar la vuelta por la rúa donde la casona abría su entrada principal. Al divisarle, una terrible emoción perturbaba a la novia, y cuantas inquietudes ocultan sus resortes en las raíces del deseo, giraban locamente alrededor de la valija mensajera.

En aquellos instantes de suprema ansiedad, no había palpitación alguna en la tierra ni en los cielos que para la joven no alcanzara signos milagrosos de un augurio; el manso zurear de las palomas, el vuelo suave de una mariposilla, el murmullo del regato, las señales apacibles del horizonte, eran nuncios de sonriente promesa. Y, en cambio, producía en la enamorada cruel zozobra que las aves volasen mudas, que durmiese el arroyo o que una vedijuela de nube rodara en la limpidez del cielo azul; así los afanes pendientes del papel amoroso que había de llegar, padecían indecibles martirios agravados por mil puerilidades de la impaciencia.

Ráfagas bruscas del mismo fuerte sentimiento sacudían a Mariflor, supersticiosa o creyente en contradictorio impulso. Tan pronto se estremecían sus labios con el temblor de una plegaria, confiando a Dios todas las inquietudes del corazón amante, como bebían sus ojos en la fuente de imaginarias significaciones, y la nunca dormida fantasía fraguaba sus quimeras sobre una flor, una zarza, un nublado, convertidos en talismán. Y cada nuevo desengaño, al doler y pungir como traiciones, prendía en la esperanza un nuevo estímulo, acendrando el amor con el dolor.

Nada preguntaba la niña a don Miguel, y tampoco el sacerdote necesitó preguntar a la niña. Al encontrarse, ambos se miraban a los ojos con la costumbre de medirse los claros pensamientos; ella leía reproches y enemistad para el amado ausente, y aquél encontraba perdones y disculpas en respuesta a su tácita acusación.

Transcurrieron en estas ansiedades muchos más días de los que Mariflor creyera posible resistir. Anduvo como una sonámbula viviendo en apariencia, desprendida con furioso egoísmo de cuanto no fuese anhelar noticias de su novio. El pan y el sueño le sabían a lágrimas, a ofensa el aire y el sol, y a intolerable esclavitud los lazos que la unían al hogar. Huyó de Marinela, que la llamaba siempre desde el lecho con una pregunta ardiente entre los labios, y procuró evadirse a toda intimidad, trabajando sola, en el huerto y la «cortina», convirtiéndose en hortelana, con indiferencia absurda, sin que la doliese el esfuerzo ni la dañase el calor. Apenas supo de Olalla y de su madre, que, laborando en la mies, aparecíanse en la cocina por la noche, mudas y hambrientas, estoicas, impasibles... La abuela, incapaz como nunca, gemía por los rincones con el corazón cansado de sufrir, y los niños tornaban de la escuela descalzos y maltrechos, sin que Florinda lo advirtiese.