Generosa con el ingrato, no pudiendo admitir la idea de su olvido, hasta llegó la joven a creer que hubiese muerto. Imaginó accidentes, percances y dolencias; se atormentó con las más trágicas suposiciones y sintió como un vértigo irresistible la atracción de la muerte; tornábase enfermizo el carmín de sus mejillas, vacilaba su paso y brillaban sus ojos con la tibia claridad de soles adormecidos.
Una de aquellas tardes en que acechaba desde el huerto la llegada del tío Fabián, al oir un chasquido de herraduras en las piedras, tuvo que arrodillarse para no caer. Quedó inmóvil de hinojos, transida de emoción, y el viejo, que solía mirarla con regalo y curiosidad, asomándose a la sebe lo mismo que otros días, hizo un guiño a manera de saludo, y murmuró, piadoso:
—Hasta que no ahuyentes a la bruja no recibes esquela.
Levantóse la niña zozobrante a perseguir el eco de aquel aviso y le pareció columbrar a la tía Gertrudis inclinada sobre el bastón, doblando la rúa a pasito menudo y cauteloso.
Sed de amor y hambre de felicidad dieron ímpetus a Florinda para correr en pos de la vieja. Pero la calle donde creyó que había desaparecido, solitaria y misteriosa, no le mostró rastro ninguno.
Siguió la joven caminando al azar, enardecida por el deseo de pedir a los ojos nublados de aquella mujer y a su entorpecida voz razones del maleficio que desde el abuelo Juan alcanzaba a la nieta inocente.
Aún ardía la tarde, espléndida y dulce. Julio, al morir, agitaba el abanico dorado de los centenos con una brisa generosa que fingía murmullos de oleaje.
No había llovido desde aquella noche triste en que Mariflor Salvadores lloró acerbamente con las horas, y la tierra, colorada y sequiza, muerta de sed, emanaba agrestes perfumes en todo el paroxismo de su excitada vegetación.
Aromas y rumores brindaron su refrigerante caricia a la desolada moza, apenas traspuso los linderos del lugar.
Sabiendo que la tía Gertrudis habitaba en el barrio vecino de la mies, íbase Mariflor con ciego impulso por las rutas del campo, decidida y absorta como si caminase derecha hacia lo infinito.