De pronto, allí, a la orilla de un propicio sendero, encontró a Rosicler.
—¿Onde vas?—clama el pastor, atónito, delante de la moza.
Ella se aturde, olvidando a qué esperanza la lleva aquel camino, y en una repentina evocación de su desventura, dice con acento oscuro:
—A buscar a la tía Gertrudis.
—¿La renovera?
—No sabemos si lo será—responde Florinda un poco avergonzada de sospechar lo mismo que el pastor.
—Diz que lo es; y que a tu gente le hace mal de ojo por rencillas que tuvo con tu abuelo.
Mientras coloquia el zagal, le seducen extrañamente la cabellera sombría y la entenebrecida mirada de la joven.
—¿Gastas poca salud?—pregunta conmovido.
—Gasto mucha—balbució la enamorada maquinalmente.