—Píntame que has adelgazao—murmura él, pesaroso—. Y añade, viendo que la muchacha se quiere despedir:

—¿Sabes a casa de la bruja?

—No.

—¿Entonces?...

Desconcertada Mariflor intenta continuar su camino, pero el rapaz la detiene:

—Yo te enseñaré—dice—. No necesitas dar vuelta a las aradas: según vamos al pueblo, un poquitín a la derechera, hay una rúa angosta, y alantre alantre, onde ves una cabaña con hartos boquetes y mucho cembo en la techumbre, acullá...

Pero Florinda está llorando.

No comprende ella por qué su sensibilidad, atrofiada y como inerte bajo la dureza del dolor, se derrite al contacto de la solicitud de Rosicler. Saborea hieles de lágrimas hace ya muchos días, sin conseguir el alivio del llanto. Y apenas el zagal pone ingenuamente sus devociones al servicio de la secreta pesadumbre, estalla la lluvia del corazón en los ardientes ojos de la novia; un sentimiento fraternal suaviza la inclemencia del oculto padecer y afloja las bárbaras ligaduras del silencio y el disimulo en el pobre pecho atormentado.

Aquella racha de aromas y rumores que antes penetró el alma de la moza como apacible compañía, fué, sin duda, el anuncio de esta brisa sentimental que en el abandonado espíritu levantan las solícitas frases del pastor.

Sintiendo el apoyo de una fuerza consistente y viva, reacciona Mariflor y responde a su amigo: