—Ya no voy adonde dices: me vuelvo a casa.

—Y, ¿por qué lloras?

—Porque sí.

Esta irrebatible lógica desconcierta un poco al zagal, que luego se rehace y afirma:

—Ya lo sé: porque se marchó el forastero sin que os echáramos el rastro... No quiso el señor cura.

La moza no contesta, distraída en el consuelo de llorar, y, siguiéndola por los estrechos viales de la mies, el pastor se preocupa meditando en los motivos del lloro. Porque él oye decir que la niña está solicitada para Antonio Salvadores, y no es probable que con un pretendiente de tanta robustidad, hacienda y poderío, ella suspire por un extranjero «ceganitas y esgamiao».

—¡No puede ser!—corrobora en voz alta.

Y, súbito, un razonamiento luminoso le da la clave del enigma:

—Lloras—dice muy cierto—por las malas nuevas que tuvo de allende el señor cura.