—¿Las tuvo?
—Mi hermano escribió. En la esquela pone que el tío Isidoro adolece del arca y está «en los últimos»; que su padre quiere llevarse a Pedro, y que...
—Pero, ¿a quién se lo escribe?
—Eso a nosotros, con el sobre a don Miguel, y otra carta semejante recibió el mismo día, lo cual que dijo: Esta es de Martín. Las tenía en somo de la mesa cuando llegué a buscar la de mi hermano.
Sobresaltada y anhelosa, despierta Mariflor desde el infausto sueño de sus amores a las imponentes realidades de la vida. Sus lágrimas se borran al calor de los remordimientos y el rudo latigazo de la conciencia imprime velocidad al paso y al raciocinio de la joven.
—¡Mi padre!—murmura enajenada.
Y aquel nombre, dulce y solemne, le suena extraño y nuevo, muy remoto.
Asustado el zagal, teme haber sido inoportuno, y divaga en murmuraciones confusas:
—Yo conté que lo sabías... Quizabes no sea cierto... Podemos ir yo y tigo a preguntar...