—Gracias, Rosicler: será mejor que vaya sola.
Es tan visible y lastimoso el esfuerzo con que la niña se dispone a correr en busca de sus nuevas desgracias, que el pastorcillo siéntese inclinado a compartirle. Pero no sabe cómo sostener la media cruz de aquel dolor, y para demostrar siquiera que él también sufre, afligido murmura:
—Yo marcharé con Pedro, sabe Dios hasta cuándo.
—¡Pobre zagal!—lamenta Florinda, volviendo con dulzura la mirada a los cándidos ojos que la siguen.
A Rosicler se le enciende el semblante, lanza un fuerte suspiro al aire claro y esconde en el corazón unos cuantos secretos.
¡Tal suspiran las mieses, cargadas de misteriosas inquietudes!
Don Miguel estaba en Astorga y fué preciso aguardarle, ya que llegaría de un momento a otro.
—Anda muy ocupado con el casamiento—dijo Ascensión a su amiga, recibiéndola cariñosamente.
La idea de que el cura estuviese negociando un préstamo para la dote, colmó la pesadumbre de la muchacha. Era la primera vez que se ponía en contacto con la gente del pueblo desde la llegada del primo y la partida del novio, y una dolorosa cortedad hacía difíciles sus palabras y sus averiguaciones.
—¿Sabes tú lo que ha escrito mi padre?—atrevióse a decir.