—No sabemos nada.

Esta prontitud de la respuesta hizo a Florinda comprender que Ascensión tenía orden de no decirle lo que supiese acerca de aquel punto. Pero sin duda no le estaba prohibido exacerbar los pesares de la amiga con crueles alusiones; y, más curiosa que malévola, por saber muchas cosas que ignoraba, fué diciendo con femenil astucia:

—¿Tienes buenas noticias de la Corte?

Inmutada, la triste novia movió negativamente la cabeza.

—¿Y de Valladolid?

—Tampoco.

—Facunda Paz ha dicho que te casas para las Navidades.

—No es cierto—pudo protestar Florinda con delgada voz.

—¡Ah! yo creí... ¡Como el primo os lo pone todo tan llano!... La verdad es—continúa la muchacha al cabo de un inútil silencio—que habéis tenido mala suerte: la tía Dolores pierde los caudales cuando ya no puede trabajar; Marinela adolece, para morir cuando caiga la hoja, y los chicos están abandonados, mientras Olalla y su madre andan de obreras, si a mano viene.

—¿De obreras... para los demás?—gime tembloroso, a punto de romperse, el hilo de la remisa voz.